Quiero deciros que es verdad que vivir, más que una opción, es una obligación. Vivir, vivimos todos, pero cada uno tiene su razón de ser, de existir, de seguir levantándose por las mañanas, saltar de la cama y comerse el mundo, al mundo entero.
La mía, mi gran razón de existir, siempre tendrá nombre y apellidos, unos ojos claros y una sonrisa de escándalo. Mi motivo de luchar sigue llamándome "princesa" a pesar de todos esos años que lleva observándome dormir, reír, llorar, saltar, discutir.
¿Sabéis de esas veces que estás borracha perdida y haces todo eso que no te atreves a hacer cuando estás sobria? Así estaba yo la noche que lo conocí. No fue una noche de esas románticas, pastelosas y todo eso, para que mentir. Fue más bien el revolcón de una noche. No sé si habéis sentido alguna vez esa sensación de ver a una persona y necesitar, no digo querer, digo necesitar, empotrarla contra la pared y hacerlo ahí mismo. Así fue como me sentí yo cuando lo vi por primera vez y eso fue lo que le dije. Así, sin más. Borracha como una cuba me dio igual irme y decirle que lo empotraba allí mismo. Y más bien fue al contrario.
Y no sé que pasó, solo fue una noche y sin embargo sientes como tu mundo, todo lo que conocías, todo lo que habías vivido, se ordena y todas las piezas de tu compleja existencia sin sentido empiezan a encajar en su lugar.
De esa manera terminó convirtiéndose en lo mejor de mí, en el motivo más importante para luchar, levantarme y comerme el mundo. O a él. Que viene siendo lo mismo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario