El único mérito que tengo, lo único de lo que realmente estoy orgulloso a parte de ella, es de saber escribir. De poder plasmar el universo en un folio en blanco, que tu imaginación haga el resto. Yo escribía; ella dibujaba lo que leía. Dibujaba historias de amor, de pasión, de perdición. Se dibujaba a sí misma sin ni si quiera darse cuenta. Porque todas mis historias, todos mis relatos, mis palabras, mi universo de letras, todo, iba por ella. Todo era el reflejo de lo que yo sentía y siento con tan solo uno de sus besos, con tan solo uno de sus guiños. No se daba cuenta, ni si quiera se lo podía imaginar, hasta que un día, cansado de que fuera siempre la artista pero nunca la protagonista de sus propios cuadros, la rete a mirar más a fondo, más cerca, más real.
-¿Qué dibujas, preciosa?
Ella se daba la vuelta y cuando la vi, toda manchada de pintura, despeinada, pero con una sonrisa gigante, quise morirme de amor en ese mismo momento.
+Una de tus historias. Estaba leyendo y una de las partes me ha inspirado. No he podido resistirme a coger el pincel y plasmarlo todo. Lo necesitaba.
Tras esto, se muerde el labio y se da la vuelta, volviendo a su paraíso de pinturas.
Me acerco por detrás, sorteando la jungla de cuadros de la habitación y la abrazó, sin importarme si me lleno de pintura o no, si al apretarla demasiado, una de sus líneas se desvía.
Esta dibujando un paisaje de montañas, con una pareja a la derecha. El sol poniente por detrás. Me fijo más en la pareja y contemplo la postura, los rostros, los cuerpos en perfecta torsión, la ropa. Es tal como yo lo imaginaba al escribirlo. A veces me sorprende la capacidad tan increíble que tiene para entenderme, para complementarme.
Me fijo en el hombre, soy yo. Lo tengo claro, incluso antes de pararme a mirarlo mejor. Miro la mujer y compruebo, satisfecho que se trata de ella. Nosotros. Tal y como lo imaginé al escribirlo. Tal y como yo quería que fuera. Pero ella no se ha dado cuenta todavía.
Le tomo la mano que tiene el pincel y la detengo. La obligo a soltarlo y me acerco a su oído.
+Salimos muy guapos. Sigo sorprendiéndome con tus habilidades para pintar. Es tal y como yo lo imaginaba.
Se da la vuelta, confundida.
-¿Nosotros?
Acerco mi frente a la suya y le digo, absorto en sus ojos.
+¿Todavía no te has dado cuenta? - Ella me mira, interrogante.- Claro, no se de que me sorprendo. Siempre estás tan metida en el mundo de tus cuadros, que a veces no te paras a pensar, a comprender. Tu subconsciente lo sabe, por eso te retrata tan increíblemente bien. Somos nosotros. Todo lo que yo escribo, todo lo que te describo, y por consiguiente, todo lo que tú dibujas, es sobre ti. Sobre los dos. Sobre nuestra historia, la historia que yo quiero vivir siempre a tu lado. La vida contigo se resume en estos cuadros, en estos momentos, en tus ojos y en los míos que se mueren por cada trocito de ti. Piénsalo. Mira atentamente y dime, ¿qué es lo que ves?
Despacio, se da la vuelta y mira atentamente el cuadro que estaba dibujando. Lo analiza desde todos los ángulos y cuando termina, pasa a los que ya están terminados. A los que andan acumulados por la habitación.
Cuando se cansa de dar vueltas, se mira al espejo. En el reflejo de su imagen veo unos ojos sorprendidos, enamorados, felices. Agradecidos.
Se da la vuelta hacía mí y, sin previo aviso, se tira encima de mí. Trastabillamos hacía atrás, pero consigo mantener el equilibrio.
-Te quiero.
Y me besa. Y todo lo demás no importa. Y yo me pierdo en ella, tan infantil, tan mujer, tan predecible, tan dulce, tan...ella.
Y siento que me enamoro un poco más, que la vida sin su presencia no volvería a tener sentido. Se separa y sonríe, y maldita las ganas de sonreír mías.
Así quiero que sea mi vida. Yo escribo sobre ella, sobre nosotros y ella pinta, se pinta a si misma, a nosotros.
Y me enamoro cada día de la misma mujer. Y no hay nada ni nadie mejor.

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